Somos Luz que Centellea

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Somos Luz que Centellea

En el primer recodo del camino, al quedar la iglesia del pueblo atrás, la naturaleza se presenta solemne. Ha entrado en una nueva etapa austera y grave, y se ha revestido para la ocasión; en realidad se ha revestido desnudándose de todo adorno, y aparece en su esencia, libre de toda superfluidad.

Los bosques que cierran el valle a lo lejos y las choperas cercanas, despojadas de color, se muestran como una formación uniforme, parda, pura, enhiesta; nada distrae de su rectitud, de su disposición hacia lo alto.

En el cielo las nubes lisas y alargadas, y los colores plomizos, acompañan a la vegetación en el propósito de abandonar sus galas. Hasta la atmósfera, apagada y serena, parece concentrarse, reconcentrarse en sí misma.

En este escenario pardo-gris, donde sólo los sauces ponen todavía una nota amarillenta, no se puede pensar sino en dejar ir, en desprenderse. Dejar ir todo lo que no forma parte de nuestra esencia, desprenderse de todo aquello que no contribuirá a que se produzca en nosotros una nueva primavera. Los árboles retiran su energía a su centro, atesoran la sabia y dejan caer las hojas secas. Al comenzar diciembre, ¿pende de nosotros alguna hoja seca?

Una querida amiga me escribe, no se siente amada, no se siente apreciada. La naturaleza entra en una nueva etapa, vamos a entrar nosotros con ella. Desprendámonos de pensamientos sin vida, echemos ya de nosotros cualquier resto de situación, idea recurrente, emoción, apego, que sean como hojas muertas.

Los árboles se muestran desnudos, renunciando a todo aparato sentimos su esencia, ¿y nuestra esencia? Me asomo al río desde una de las barandillas de madera. Hoy el agua es verde oscura, un poco densa, y de pronto… algo centellea, aquí, allá, un poco más lejos, un poco más cerca… ¿Estoy viendo visiones o dentro del agua algo centellea? ¡Sí, hay brillos que parecen perseguirse dentro del agua! Los lomos plateados de los peces centellean, aquí y allá. Nuestra alma centellea. En la Autobiografía de un yogui, el santo que no duerme regala al adolescente Paramhansa Yogananda una visión de la luz que, como relámpagos, está en la esencia de la creación, y con este regalo Yogananda cobra fuerzas para emprender el largo y sobrio camino de encontrar a Dios. Se me ocurre que deberíamos fijar en nosotros una imagen de esta alma que centellea. Elegir algún momento en que hayamos experimentado nuestra esencia como almas; quizá algún recuerdo de la alegría infantil, de su pureza, cuando todavía estábamos tan cerca de nuestra esencia astral; algún momento en que la dicha nos haya hecho saber, como a Yogananda, que la luz astral es nuestra esencia. Y mantener ese momento como punto de referencia en nuestra vida.

Ésta no es la estación de los ornamentos, sino de erguirnos seguros en nuestra esencia de luz. Somos luz que centellea.

Desde el alma que centellea,

Tyagi Indrani Cerdeira
Editora de Ananda Ediciones

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