Sólo la Infinitud podrá satisfacer a nuestra Alma

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¿Qué tiene el mar? ¡El mar! El sábado me acerqué al mar, al Cantábrico, a la playa de Bayas. En la playa la bandera estaba roja, prohibido el baño. Había un fuerte temporal.

Recuerdo cuando era niña y pasaba los veranos en La Coruña, en el Océano Atlántico, en “otro” mar. Llegar a la playa y encontrarse la bandera roja, ¡qué decepción! “¡¿Hoy no podemos bañarnos?!”, nos lamentábamos mis hermanos y yo con lastimeras voces infantiles. Ayer, sin embargo, no hubiera cambiado el baño por el espectáculo imponente del oleaje. Las olas venían espumando desde la distancia, sucediéndose poderosas, casi solapándose, elevándose y rompiendo unas contra otras sus majestuosas cortinas redondeadas, algunas arrastrando en sus bucles el fondo arenoso, cruzándose en diagonal, describiendo toda clase de guirnaldas para formar una gran orilla de espuma al deshacerse y un brillante, reluciente espejo dorado al retirarse. El mar, infinito, perenne.

¿Qué tiene el mar que nos cautiva? ¿Por qué levanta en nosotros esta maravillada reverencia? Probablemente me diréis que porque en su infinitud, su perennidad, se comunica con nuestra alma. Sí, existe en nosotros un fuerte anhelo de trascendencia, y es ese atributo de nuestra alma lo que reconocemos en el mar. Sólo en la trascendencia, sólo en la infinitud, podremos sentirnos plenos. Nada podrá satisfacernos jamás si no nos trae al menos un hálito de infinitud, sólo la infinitud podrá satisfacer a nuestra alma.

La experiencia del sábado en el mar, tan querida para el alma, levanta en mí el deseo ferviente de vivir en la infinitud, en esa cualidad del alma; que nuestra vida se desarrolle siempre en la mayor expansión, en la más completa trascendencia. Y esta apertura, o al menos ansia de apertura, produce tal arrobamiento que parece como si uno viviera ya en ese estado, y uno promete vivir en ese estado.

Al momento, como las olas, un nuevo sentimiento se solapa. Para alcanzar la infinitud habrá que conquistar algunos territorios, me dice el corazón. Y el primer territorio que me muestra es la generosidad. No tanto material como mental y emocional. Y enseguida me viene la imagen de Sri Yukteswar que hablaba de quienes tratan de parecer más altos cortando las cabezas de los demás, es decir, necesitamos reconocer la valía de los demás; regocijarnos en su felicidad, también cuando a nosotros las cosas nos van mal; ceder de nuestros derechos si esto supone una ayuda a su bienestar; hacernos a un lado para dejarles paso; no defendernos ni justificarnos cuando somos criticados, dice Swami Kriyananda; no imponernos, no tratar de imponer tampoco nuestro punto de vista o nuestra opinión; ceder de nuestro propio terreno; regalar lo que nos pertenece si alguien lo desea más que nosotros, como hacía Yogananda.

Qué bien deshacernos de todas las “mezquindades del corazón”, como, de nuevo, las llamaba Sri Yukteswar. Disolverlas en la infinitud ¡Allá van! ¡Arrojadas al mar!

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