Sexto Capítulo – Las Instituciones Religiosas en la Nueva Era

open-orange-dalia-1024x911El hecho de que la materia sea energía no relega la materia a la no-existencia. Sólo significa que existe algo más que lo que aparece a primera vista. Se ha ensalzado a la materia, como el niño campesino de la fábula que resultó tener talento de gran artista. El cometido de Dwapara Yuga no es echar abajo las realidades de Kali Yuga, sino sólo llevarlas a niveles de realidad más elevados.

La religión, por ejemplo, no se verá minada por el descubrimiento de que el drama divino representado en la tierra por los grandes salvadores de la humanidad sea de alcance limitado. Ni se debilitará al comprender que el Creador de cientos de billones de galaxias tiene que ser totalmente distinto del anciano de larga barba blanca que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina; que el Señor no pertenece de ninguna manera al género humano. La religión, lejos de ser silenciada por los descubrimientos de la ciencia moderna, será llevada de un lenguaje arcaico a uno vivo.

También la comprensión de la moralidad por parte de la gente sufrirá una transformación. La moralidad no está muerta, como muchos creen. En el primer momento de euforia, nacida al comprender que nada es absoluto, la gente concluyó rápidamente que es totalmente correcto hacer lo que se desee. Pero se equivocó al concluir esto. Si bien la moralidad es relativa, sus normas son de aplicación universal para todos en el estado concreto de su evolución espiritual. En otras palabras, la relatividad es direccional, no caprichosa. Si un perezoso dijera un día enérgicamente, “¡Voy a trabajar duro y hacerme millonario!” todo el mundo le aplaudiría. Sin embargo, si un noble servidor de la humanidad como Gandhi, hiciera el mismo anuncio, su decisión sería censurada universalmente como vergonzosa.

Con el énfasis creciente en el ser interior, se hará cada vez más patente que los principios de la moralidad están profundamente enraizados en el orden natural. Éste es uno de los temas que he explicado extensamente en mi libro, Crisis en el Pensamiento Moderno; no es necesario que lo trate aquí con amplitud. De lo que se trata es de que también nuestra moralidad está expandiéndose y haciéndose más profunda, aunque en el proceso experimente cierta confusión. La moralidad no está pasada de moda. Al contrario, con el tiempo se verá que constituye las bases de una vida verdaderamente plena y feliz.

Esto también es cierto para las organizaciones religiosas. La idea de que no son un bien incuestionable dará paso, tras el desencanto, a una valoración más madura del bien que pueden hacer.

La meta de la práctica religiosa es elevar al ser humano por encima de la dependencia de cualquier organización religiosa. Como dijo un santo de La India en cierta ocasión, “Es una bendición nacer en una religión, ¡pero una desgracia morir en una!” No obstante, si las organizaciones religiosas son expansivas y tienen espíritu de entrega, si no hacen a sus miembros exigencias contractivas y su objetivo es servir a los demás, no controlarlos, pueden ser una fuerza muy beneficiosa para el mundo.

En mis escritos anteriores mostré que el grado de expansión o restricción de una organización es lo que determina su estado de salud, sea bueno o malo.

La tendencia a la contracción, en los individuos y mucho más en las organizaciones, lleva a un estado de implicación ególatra exagerado. La gente que se involucra de forma ególatra no tiene sentido de la proporción. Esto también es válido respecto a las organizaciones, pues las personas que ponen en marcha una organización proyectan en ella las actitudes que abrigan en su interior. Un líder que se involucra ególatramente, proyecta actitudes constrictivas a su organización, hasta el punto de que todo el personal piensa menos en términos del bien que pueden hacer al mundo que en términos del bien que pueden hacerse a sí mismos. La preocupación general es crear salvaguardas para que, tanto ellos como la organización, desempeñen sus funciones sin amenazas serias al status quo. En tales organizaciones prevalece una atmósfera de miedo. No existen iniciativas.

En las organizaciones religiosas, generalmente se elaboran argumentos racionales para justificar esta descarada apariencia de egolatría. Así, si no se alientan las innovaciones creativas, es porque “las enseñanzas tienen que ser preservadas en su pureza.” Si alguien siente la generosa necesidad de ayudar a los demás, es apremiado a reducir su ímpetu porque “la organización debe fortalecerse para servir mejor a la humanidad.” (Realmente su gran error es que hace que quienes le rodean parezcan malos). Y, por temor a que la organización pierda su precario sentido de equilibrio, ni siquiera se escuchan las sugerencias a menos que sean eco de normas ya establecidas.

Como es de esperar, lo que sucede en ese tipo de organizaciones religiosas es que la visión espiritual se olvida y se pierde en una niebla burocrática.

En estos casos, la salida debe buscarse en un cambio de orientación, de un flujo de energía restrictivo a uno expansivo; de actitudes protectoras a las saludables actitudes de hacer partícipes a los demás.

Para cumplir los fines espirituales hay que tener en cuenta dos principios fundamentales. El primero de estos principios es, Las personas son más importantes que las cosas. El segundo es, Allí donde existe adhesión a la verdad, está la victoria.

Vi expresado el segundo principio por primera vez en La India, en la divisa de la familia real de Cooch Behar. En bengalí tenía un ritmo especial: “Jato dharma, tato jaya”.

El primero de estos principios se ha expuesto muchas veces de diferentes formas. Jesucristo lo expresó al decir, “El sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.”

Para las mentes mundanas el segundo principio resulta más difícil de entender. La gente tiende, absurdamente, a ver los principios elevados como trabas al éxito. Como le dijo su padre a un amigo, deseando sin duda compartir con él la sabiduría conseguida a lo largo de toda una vida, “Hijo, ¡nadie se ha hecho rico jamás siendo honesto!”. En todas las épocas, esta clase de hombre ha amasado una fortuna fraudulentamente, para perderla después.

Por supuesto el sentido práctico es esencial. Pero muchas personas se oponen a toda idea expansiva con la explicación, “Sólo trato de ser práctico.” Tales personas, si se encuentran al frente de una organización, la condenan a la mediocridad.

La Organización en la Naturaleza

Una forma excelente de aprender a dirigir una organización es estudiar cómo lo hace la Naturaleza.

Consideremos el cuerpo humano. Como institución bien regida, el cuerpo tiene una cadena de mandos. El ego, actuando a través de la voluntad, da sus directrices por medio de los nervios del cerebro y la médula espinal.

Para que el cuerpo prospere, su ego rector, como el director ejecutivo de una empresa, debe escuchar  sus necesidades y responder a ellas con sensibilidad.

Así mismo, para que el cuerpo prospere, sus diversas partes deben sentirse alentadas y respetadas por sus “superiores”, el ego y la energía de los centros nerviosos. El cuerpo se consume cuando su energía se agota como consecuencia de una equivocada forma de vivir.

El ego debe tener una relación sana y expansiva con el cuerpo y, a través de él, con el mundo circundante. Debe aspirar a ponerse al servicio de unas metas vitales por encima de la simple satisfacción de sus deseos egoístas.

Todo el universo manifiesta los mismos principios. Las leyes mecánicas de la Física están enraizadas en la Verdad espiritual. La gravedad es un reflejo del principio del amor divino. La ley de Newton de acción y reacción es un reflejo de la ley de compensación, que en La India se llama la ley del karma. El flujo y reflujo de la marea es una manifestación del principio básico de dwaita (dualidad), que según las enseñanzas de La India constituye el fundamento de la creación universal.

La Clave Universal

La llave maestra de las leyes del universo es el amor.

Swami Sri Yukteswar, en su libro La Ciencia Sagrada, escribió sobre los efectos del amor en el cuerpo humano: “Cuando el amor, el regalo celestial de la Naturaleza, aparece en el corazón, elimina del organismo todo cuanto produce nerviosismo y lo calma llevándolo a un estado absolutamente normal; y, dando vigor a sus poderes vitales, expulsa toda sustancia extraña, los gérmenes de la enfermedad, por medios naturales (la transpiración, etc.). Y así da al hombre una salud perfecta de cuerpo y mente y le permite comprender adecuadamente las orientaciones de la Naturaleza.”

Sri Yukteswar explicó además los efectos del amor en la comprensión humana: “Cuando este amor se desarrolla en el hombre, lo hace capaz de entender la verdadera situación de su propio Ser, así como de quienes le rodean”.

ParamhansaYogananda, el principal discípulo de Sri Yukteswar, enseñó que la única forma de entender verdaderamente a los demás es sentir por ellos profunda compasión. El psicoanálisis trabaja con el intelecto; por tanto sólo puede aportar una comprensión superficial de la naturaleza humana. La comprensión profunda sólo es posible gracias al amor.

Por esta razón, cuando a Paramhansa Yogananda se le preguntó en una ocasión, “¿Quién ocupará su lugar cuando usted haya dejado este mundo?”, respondió con una tierna sonrisa, “Cuando yo me vaya, sólo el amor podrá ocupar mi lugar.” Se refería, no sólo al amor por Dios, sino por Dios en los demás, en la humanidad, en todos los seres. Al contemplar Dwapara Yuga, sólo el amor puede ayudarnos a absorber totalmente sus energías.

También Jesús insistió en este principio. La Biblia, en Marcos 3:1-5, menciona a ciertas personas ortodoxas que le observaban con aire crítico para ver si rompía la ley judaica y curaba a un hombre en sábado. El relato nos dice que Jesús “miró a su alrededor con enojo, afligido por la dureza de sus corazones.”

También en Juan 13:35, dice, “Por esto conocerán que sois mis discípulos, porque os amáis unos a otros”.

El Principio del Amor en las Instituciones Humanas

En una organización sana todo miembro es considerado, y se considera a sí mismo, importante para el todo, sea cual su posición “jerárquica”. Incluso si la organización es un tanto desdeñosa respecto a las normas de procedimiento, funcionará relativamente bien y sin contratiempos, siempre que su energía sea expansiva y sus trabajadores se ocupen de servir a los demás en vez de ocuparse de protegerse de la cólera de sus superiores.

En una organización sana, también los líderes se ocupan en primer lugar del bienestar de sus subordinados y, sólo secundariamente, del trabajo que pueden obtener de ellos. En esa sociedad, los asuntos más importantes son vistos, a todos los niveles, más dirigidos al bien de la sociedad en su conjunto, que como una fuente de beneficios para la organización

Por el contrario, una organización espiritual enfermiza, al igual que un ego enfermizo, es restrictiva en su energía. Sus trabajadores temen por sus puestos. Sus líderes temen por su autoridad. La misma motivación hacia el trabajo se basa más en el miedo al fracaso que en las expectativas de éxito. Líderes y trabajadores son igualmente indiferentes a las necesidades de los otros, aunque disfrazan su indiferencia, como la guinda de un pastel, con principios altisonantes.

En las organizaciones espirituales constrictivas se oye con frecuencia el desmentido, “Sólo las metas del trabajo son importantes” o “Sólo importa la voluntad de Dios” (en otras palabras, las personas no son importantes). Pero lejos de revelar un alto idealismo, tales desmentidos evidencian simplemente que la enfermedad ha llegado a un estado avanzado, lo que, en esta virulenta forma, puede diagnosticarse como “restricción galopante”. En tales organizaciones se teme la confianza en uno mismo o el entusiasmo persistentes y pueden ser activamente frenados.

Todo mecánico del automóvil conoce la importancia de tratar a sus herramientas con cuidado. Tiene que limpiarlas y engrasarlas con regularidad y poner cuidadosamente cada una en su lugar. Si no tiene el adecuado cuidado, puede decirse con seguridad que es un mal mecánico.

Del mismo modo, una organización prospera cuando sus miembros se sienten respetados, cuidados y, en última instancia, amados. Si se ve que la organización no los trata con el debido cuidado, no es necesario otro diagnóstico. Sin temor a equivocarnos, podemos temer lo peor.

En Dwapara Yuga las organizaciones religiosas serán dirigidas con más sensibilidad. Los buenos líderes verán sus organizaciones como ejemplos de la ley universal de acción y reacción. La conciencia de la energía, como opuesta a la conciencia de la materia, propiciará un cambio desde las formas externas a su motivación interior, espiritual.

Los defectos de las organizaciones de Kali Yuga en general y de las organizaciones eclesiásticas en particular, son éstos:

  1. 1.      El error de creer que la forma puede sustituir a la verdad.
  2. 2.      El error de creer que puede conseguirse más gracias al poder que al amor; que el control impuesto es más efectivo y más seguro que el amor.
  3. 3.      El error de creer que los líderes que se encuentran en los puestos más altos están cualificados para entender todo.
  4. 4.      El error de creer que, para desarrollar el espíritu adecuado, se necesitan muchas reglas y la rígida observancia de las mismas.
  5. 5.      Y por último, el error de creer que los dogmas, no la caridad, son la esencia de la religión.

En Dwapara Yuga, si uno se toma la molestia de estudiar estas alternativas, las verá desde una perspectiva diametralmente distinta. Pues Dwapara ayuda a la gente a ver que:

  1. 1.      La verdad puede tomar muchas formas.
  2. 2.      El amor es el mayor poder; los cambios que produce proceden del interior y por ello son duraderos.
  3. 3.      La sabiduría no es propiedad del hombre. No depende del talento o la inteligencia, sino de lo abierta que esté la persona a recibir comprensión “de lo alto”.
  4. 4.      El espíritu recto florece en la simplicidad del corazón. Un exceso de normas, un exceso de rígida observancia de las mismas, produce una mente calculadora, restrictiva y capaz de la artería, el fraude y la ambición sutil.
  5. 5.      Los dogmas son el cuerpo, pero la caridad es la vida del cuerpo. Los dogmas son la definición de la religión, pero la caridad es su expresión viva.

En mi último escrito decía que, si la elección para un puesto administrativo tuviera que hacerse entre alguien profundamente espiritual, pero sin experiencia y una persona materialista pero con experiencia, la decisión recaería, obviamente, en la persona materialista con experiencia. Sin embargo ésta es la manera de pensar de Kali Yuga. Una manera de pensar que considera las formas externas de las cosas como su realidad, ignorando su esencia.

Durante Dwapara Yuga se hará más o menos obvio que la eficacia de una organización depende de su espíritu, no de su eficiencia. La eficiencia, si bien es deseable, sirve de poco si el espíritu es débil. La eficiencia puede aprenderse, pero el espíritu correcto no puede ser enseñado; sólo puede ser inspirado.

Durante Dwapara Yuga, en las organizaciones espirituales se hará cada vez más énfasis en fomentar la comprensión y el amor. Se valorará la eficiencia, pero no a expensas de las actitudes espirituales correctas. Se considerará que la auténtica comprensión procede de Dios, no de la autoridad humana. Si se ve que un sacerdote es más santo que los demás, su ejemplo será tomado, no como una amenaza a la uniformidad, sino como una bendición para la iglesia como un todo; no como algo embarazoso, sino como algo a que deben aspirar los demás sacerdotes.

Así mismo, las líneas de autoridad no debe mantenerse con tanta rigidez que se sacrifiquen los principios espirituales a la conveniencia de la organización. Si alguien, en los escalones más bajos de una organización, se siente incomprendido por su inmediato superior, quienes estén situados todavía más arriba, si bien darán todo el apoyo posible a ese superior, escucharán también con benevolencia las quejas de su subordinado. Una comprensión suficientemente clara de la necesidad de una línea de autoridad hará posible dejarla a un lado en casos individuales, sin debilitar por ello a estas líneas en un contexto normal.

No obstante, en estas últimas consideraciones llegamos a un nivel de comprensión en que la simple razón es insuficiente. Sólo la intuición puede guiar la comprensión humana prudentemente, allí donde la razón tropieza. Así pues regresamos a un punto que ya tocamos anteriormente, a saber, que es necesaria cierta forma de revelación para que en este momento la humanidad sea guiada indefectiblemente hacia la nueva era.

Consideremos ahora que tal orientación es posible. Si lo es, ¿cómo podemos obtener el máximo de ella? Probablemente lo que se necesita no es una conversión externa. El cambio que todos necesitamos está en el interior del individuo. Debe ser una conversión a su ser más elevado.

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