Primer capítulo – ¿Estamos en una nueva era?

open-orange-dalia-1024x911Que vivimos en una nueva era parece incontestable. Casi todo en nuestro tiempo proclama que la nueva era es un hecho.

En 1899 el director de la Oficina de Patentes de Estados Unidos, Charles Duell, escribió al Presidente, William McKinley, recomendándole que se cerrara la oficina. “Todo lo que pueda inventarse ya está inventado”, aseguraba.

En aquel momento prácticamente todos los inventos que asociamos con la civilización moderna todavía eran desconocidos o estaban en un estado de desarrollo tan rudimentario, que hoy nos parecen cómicos o encantadoramente pintorescos. En tiempos del presidente McKinley el mundo carecía de autopistas y veloces coches, aviones, radio, televisión, grabadoras de sonido, frigoríficos, lavadoras e infinidad de otras cosas que hoy damos por supuestas.

El mayor cambio se ha producido en nuestra percepción de la realidad con el descubrimiento, a comienzos del siglo XX, de que la materia es energía. Este descubrimiento está obligándonos a llegar a la conclusión de que la energía es la realidad que subyace a todo, no sólo a la materia sino también a las instituciones e ideas.

Algunas personas han afirmado que cuando las reservas de petróleo de nuestro planeta se agoten volveremos a los tiempos medievales. Están equivocadas. Eso sería imposible para el ser humano en esta etapa del desarrollo de la civilización, por la sencilla razón de que no sólo somos seres dependientes de la energía, sino seres conscientes de la energía. Actualmente concebimos todo en términos de energía.

No fue el descubrimiento del petróleo lo que nos trajo la era moderna. Fue una conciencia ya creciente de la energía. La conciencia de la energía condujo al hombre moderno a descubrir el petróleo.

Mi padre, que trabajó como geólogo especializado en petróleo en Rumania, me dijo que el primer lugar en que se descubrió petróleo saliendo del suelo fue en ese país, como lo había hecho durante siglos, siendo considerado durante todo ese tiempo como un perjuicio. Sólo cuando la gente se dio cuenta de sus necesidades energéticas, especialistas en petróleo como mi padre fueron enviados a Rumania para explotar estos recursos.

Cuando la humanidad está preparada para dar un nuevo paso en su desarrollo, ese paso aparece como si lo hiciera por arte de magia. Tal como ocurrió con la penicilina, que es simplemente moho del pan, la gente puede haber tenido ese siguiente paso delante de los ojos durante muchos siglos. Una vez que el ser humano está listo, el descubrimiento se hace a la vez posible e inevitable.

La conmoción del descubrimiento de que la materia es energía nos ha dado un indicio de posibilidades todavía más profundas. ¿Es posible que la energía, por su parte, sea sólo la manifestación de otra realidad todavía más sutil? El eminente físico Sir James Jeans lo cree así. Refiriéndose a esta realidad fundamental la llama “sustancia mental”. Bien, por qué no designarla más sencillamente: conciencia.

¿Una nueva era? Tradicionalmente la cronología de las naciones y civilizaciones comienza con acontecimientos terrenales: el nacimiento de Jesús, la muerte de Buda, la emigración de Mahoma a Medina, los diversos reinados de reyes y emperadores.

No obstante, el momento presente es a todas luces tan diferente de cualquier otro momento de la historia, que, francamente, parece razonable definirlo como nuevo. Con la cantidad de nuevas percepciones de la realidad que crecen diariamente, amenazando con alcanzar las proporciones de una avalancha, parece inútil continuar intentando reconciliar los tiempos que vivimos con una civilización que pertenece tan claramente al pasado.

El viejo orden comenzó a desmoronarse ante la arremetida de un fuerte y creciente espíritu de investigación. Los primeros martillazos se sintieron en Occidente. Pronto se hicieron sentir en todo el mundo. Fue el espíritu de investigación el que condujo al Renacimiento italiano, la Reforma Protestante, el viaje de Cristóbal Colón y el impacto a nivel universal del reconocimiento de que la tierra es redonda y los grandes viajes y descubrimientos que se produjeron a raíz del desembarco de Colón en el Nuevo Mundo.

El espíritu de investigación condujo a numerosos hechos inesperados: que en este planeta existían y habían existido en el pasado otras civilizaciones avanzadas, tan importantes como la nuestra. ¡Evidentemente Marco Polo no había mentido, después de todo! Nuestra civilización, incluso nuestra religión, no se erguían solas e incontestadas en un extenso páramo en estado salvaje: Tenía sus iguales, levantándose con la misma dignidad.

A su vez otras partes del mundo se vieron sacudidas en su autocomplacencia por estos, inexplicablemente avanzados, bárbaros de Europa.

El mayor golpe a lo que podemos llamar viejos tiempos procedió de los hallazgos de la ciencia moderna. Los descubrimientos de Kepler, Copérnico, Galileo, Newton y otros, cambiaron tan radicalmente el enfoque de la realidad que tenía el ser humano, que podemos decir con seguridad, que en todo el mundo la gente llegó en cierto momento a cuestionarse todo cuanto había sido aceptado anteriormente por las grandes inteligencias de su civilización.

La ciencia trajo al mundo una manera totalmente distinta de pensar. La Lógica, que había sido siempre el punto fuerte del pensamiento occidental, fue reemplazada por la ciencia. En lugar de aceptar que supuestos reconocidos universalmente formaban la base del razonamiento, la ciencia desafió esos supuestos, o bien dijo, como hizo con las cuestiones relacionadas con Dios y el alma, “No podemos probar esas hipótesis, así pues dejémoslas a un lado, al menos por ahora, y dediquémonos a cuestiones que podamos probar”. Los científicos estudiaban los hechos y a partir de esos hechos sacaban sus conclusiones.

La inseguridad producida por este nuevo modo de pensar fue muy profunda en Occidente, donde la gente se había especializado en un acercamiento lógico a la realidad, y minimizó el acercamiento intuitivo. No en todas partes la “inseguridad” describe la reacción. Hablar de perplejidad es más acertado. El impacto de la cultura occidental produjo tal trastorno y confusión cultural, que todavía tiene que asentarse en unos nuevos y más progresistas modelos de vida.

Una historia –probablemente apócrifa pero aún así muy reveladora- ilustra esta confusión mejor de lo pudieran hacerlo relatos reales. Un hindú aseguró a un occidental, “Con todas las investigaciones arqueológicas que se han realizado en mi país, no se ha descubierto ni un cable. Esto demuestra que en la antigua India ¡teníamos inalámbricos!”.

Lo peor, desde el punto de vista de los valores de la civilización, es que la gente comenzó a dudar de la misma moralidad, ya que no podía ser probada y comprobada con instrumentos científicos. La moralidad, los valores espirituales, Dios, el alma, la vida después de la muerte y multitud de otras cuestiones sin las cuales, o al menos sin algunas de las cuales, la civilización apenas puede existir, parecieron irrelevantes a las personas cuyos ojos estaban ahora deslumbrados por los descubrimientos de la ciencia. En otras palabras, de algún modo la ciencia se encontró a sí misma creando una nueva religión, aunque ha demostrado ser una religión muy estéril.

No obstante, nuevos modos de pensar han venido para quedarse y necesitan ser comprendidos, no que nos lamentemos de ellos. Quizá los valores espirituales puedan ser probados, no con instrumentos, sino con la experiencia humana profunda. No hay nada en el nuevo acercamiento a la realidad que diga que el ser humano deba limitarse a experimentar con la materia, particularmente ahora que se ha visto que la materia no existe sino como vibración de algo más sutil.

La religión -no las enseñanzas reales de Jesucristo y Buda, sino las imágenes exteriores de las que se ha cubierto la religión- ya no tienen la misma relevancia para el ser humano moderno. Pero existe, con más fuerza que nunca, una necesidad profundamente sentida de comprensión y de esa seguridad interior que sólo la religión puede darnos. Sólo falta saber cómo satisfacer esa necesidad.

Tampoco los clásicos tienen el mismo atractivo que tuvieron en un tiempo. Están relacionados con un tiempo pasado, con viejas formas de ver las cosas. Y aún así, la comprensión que transmiten bajo sus viejas imágenes es tan válida como siempre. No puede sino surgir gradualmente la necesidad de investigarlos de nuevo más profundamente, en busca de respuestas que no se encuentran en ningún Noticiario de las Diez.

O bien la humanidad está decayendo, como creen muchos clasicistas y los fundamentalistas de todas las religiones o bien esta realidad corresponde a una nueva y más progresista era. Si se trata de lo último, deben ser explorados nuevos modos de pensar, pues en ellos reside la capacidad para comprender realidades no efímeras, sino eternas.

Lo que poseemos hoy no es sólo una percepción totalmente nueva del universo, sino una percepción de la verdad potencialmente mucho más profunda. Además, la transformación que estamos sufriendo en nuestro pensamiento no está limitada a una nación o cultura; es mundial.

En primer lugar, no parece irracional decir que, nos guste o no, los tiempos han cambiado, radicalmente además. De hecho parece aceptable que estos cambios son tan amplios, de tan largo alcance, tan esenciales en su impacto en los seres humanos de todo el mundo, como para concluir que vivimos en una nueva era que no se puede ignorar.

¿Existe entonces alguna forma de explicar los cambios que han tenido y todavía están teniendo lugar?

Curiosamente se ofreció una explicación hace un siglo, antes de que el cambio hacia una conciencia de la energía fuera suficientemente claro como para definirlo, y cinco años antes de que el director de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos escribiera al presidente McKinley recomendándole que cerrara la Oficina de Patentes. En cierto sentido esa recomendación era correcta. Todo lo que podíamos extraer de los viejos tiempos ya había sido extraído. Realmente todos los inventos que han llegado después han sido impulsados por la energía. Los viejos tiempos eran un libro cerrado. Había comenzado una nueva era. Ahora la labor de la humanidad es comprender las consecuencias de esta nueva era de descubrimientos.

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