Octavo Capítulo – Ananda, un Primer Paso

open-orange-dalia-1024x911Cuando creé Ananda hice cuanto estuvo en mi mano por seguir el ejemplo de Paramhansa Yogananda, por hacer de ella un laboratorio en que probar y desarrollar sus ideales. No se trata de que estos ideales no tuvieran precedentes, sólo la Verdad no tiene precedentes. Con anterioridad otras personas han expresado las mismas ideas muchas veces y de muchas formas distintas. Lo nuevo es que esos conceptos se han presentado como fundamentales en un momento en que la conciencia general está preparada para adoptarlos.

En Ananda hay muy pocas reglas escritas. Preferimos trabajar con las personas tal como son, no como una prescripción artificial dice que deberían ser. “Las personas son más importantes que las cosas.” En principio las normas se crearon para las personas.

He intentando seguir siempre el comprensivo enfoque que Yogananda daba a la organización. Si se necesita hacer algo, por muy importante que sea, nuestra primera preocupación es la gente; sólo secundariamente el trabajo. Pues las instituciones espirituales existen para ayudarte a ti, a mí y a quien se acerca sinceramente a ellas buscando guía y fuerza interior. Tienen sentido para quienes puedan formar parte de ellas y se pueda contar con ellos y no para una humanidad amorfa que esté “fuera” y que quizá pueda beneficiarse algún día, sólo si mientras tanto hacemos sitio a Juan y a María por lo que pueden dar.

En Ananda, si surgen dudas sobre si será espiritualmente beneficioso para una persona un puesto para el que se le está considerando, se buscan otros candidatos, aunque sean menos adecuados para el empleo, a quienes  parezca que les va a ayudar. Preferimos que un proyecto fracase a que tenga éxito a costa de una persona. Como consecuencia, nuestros proyectos no fracasan. De hecho Ananda ha florecido en un campo (el de las comunidades) en que la media de fracasos ronda el 100%.

En 1980 compramos East West Books, una librería especializada en temas metafísicos situada en Menlo Park, California. La persona a quien puse al cargo de la tienda protestó: “¡Pero yo no sé nada sobre la venta de libros!”.

No te preocupes, la consolé. Hazte amiga de todo el que entre. Aprenderás sobre libros con el tiempo. A tus clientes les encantará hablarte de ellos como contrapartida al sustento espiritual que recibirán aquí. Sirve y ama en ellos a Dios”.

Hoy East West Books figura entre las mejores librerías de temas metafísicos del país y en el segundo puesto en ventas entre las librerías de esta clase en la Costa Oeste, todo gracias a nuestro principio de dar la máxima prioridad al espíritu con que trabaja la gente y no a la capacidad en términos mundanos. La capacidad se ha seguido automáticamente.

Otro ejemplo de confianza en el espíritu en primer lugar, no en las realidades materiales, tuvo lugar en 1976. Ese año un incendio forestal destruyó 182 hectáreas de terreno en Ananda y veintiún hogares. Era fácil presagiar la desaparición de nuestra comunidad. No había reservas económicas para la reconstrucción y Ananda no estaba asegurada. Aunque generosamente apoyados por donativos de amigos y otras organizaciones, llevó años recuperarse de las pérdidas. Sin embargo, a fuerza de mucho trabajo duro, con animosa fe en Dios y con Su gracia, finalmente la reconstruimos, mejor que antes.

En las primeras etapas de la reconstrucción nos enfrentamos a un dilema moral. Antes del incendio una pareja había decidido dejar Ananda. Les habíamos prometido comprar su casa cuando dispusiéramos de fondos. Cuando se destruyó su hogar, junto con los demás, por supuesto no quedó nada para volver a comprarla. Los donativos iban llegando a goteo, no en avalancha. Teníamos que tener en cuenta la reconstrucción de las demás casas. ¿Seguíamos obligados a comprar un edificio que ya no existía? Si era así, ¿cuándo debíamos hacerlo?

Después de consultar con los residentes al respecto, decidimos pagar por el hogar de la pareja en primer lugar, con los primeros donativos recibidos. “Jato dharma tato jaya: Allí donde existe adhesión a la verdad, está la victoria”. Nuestros corazones se regocijaron al comprender que nuestros hogares, que la misma Ananda, pertenece a Dios y al Gurú, no a nosotros.

Inspirados por el ejemplo del Maestro, sentimos que nuestra comunidad es el mundo entero, no sólo Ananda. He aquí una consecuencia práctica de ese sentimiento.

Finalmente se descubrió que la causa del incendio había sido una chispa en el descargador de tensión de un vehículo oficial de la comarca. Esto significaba que podíamos demandar al órgano comarcal por daños. Nuestros vecinos, que también habían perdido sus hogares, presentaron la demanda y se les indemnizó. Cuando se recibieron por primera vez noticias de la responsabilidad comarcal, algunos de nuestros vecinos nos telefonearon excitados, “¡Conseguiréis fácilmente dos millones de dólares por vuestras pérdidas!” Ananda fue quien más perdió en el incendio. Con dos millones de dólares podríamos reconstruir nuestros hogares y también rehabilitar el terreno devastado.

En vez de esto escribimos a los supervisores comarcales diciendo que la comarca, no Ananda, era nuestra comunidad mayor. Les decía, no queremos que nuestra mala suerte recaiga en los demás miembros de la comunidad.

Diez años después muchos de nuestros vecinos todavía se lamentaban de las pérdidas que habían sufrido durante el incendio. En Ananda, al día siguiente del incendio estábamos ya manos a la obra, alegremente, limpiando el terreno y comenzando a construir de nuevo. La alegría jamás nos abandonó. El incendio resultó ser, en muchos sentidos, una de las mayores bendiciones que jamás recibimos.

Nuestra profunda convicción se ha visto justificada repetidamente a lo largo de los años. Es ésta, que si el espíritu es realmente expansivo y entregado, Dios, quizá a través de la Energía Cósmica Inteligente, proveerá siempre.

Tomé la decisión de fundar Ananda en un momento de mi vida en que mis ingresos no llegaban a 400$ mensuales. Mis amigos y familiares desecharon mi proyecto como absurdo. Pero la energía me hacía sentir que era correcto. Mi único papel en el proyecto era poner toda la energía de que fuera capaz.

Una vez más fue Yogananda quien me inspiró esta decisión. Un día un visitante le preguntó, en tono de burla, “¿Qué bienes posee esta organización?” “¡Ninguno!”, respondió con fuerza el Maestro, “¡Sólo a Dios!”.

Para conseguir el dinero que necesitaba para comenzar Ananda, viajé diariamente de una ciudad a otra dando clases de yoga. Teniendo presente la reticencia del Maestro, años antes, a cobrar por sus clases, pero recordando que dijo que lo había hecho cuando comprendió que la gente apreciaba lo que recibía sólo cuando daba algo a cambio, cobraba un precio simbólico de 25$ por un curso de seis semanas. Si alguien se lamentaba de no poder pagar ni siquiera esa cantidad, le permitía hacer algún pequeño servicio a cambio de las lecciones: colocar las sillas, por ejemplo; o, cuando compré los primeros terrenos de Ananda, trabajar allí el fin de semana. (Aunque parezca mentira, en todos los casos en que alguien dijo que no podía pagar, podría haberlo hecho fácilmente. No obstante prefería dejar que ellos fijaran sus prioridades. Yo era responsable de mi propio espíritu de servicio). Como ocurre siempre, Dios me envió el número de estudiantes pagadores que necesitaba para hacer frente a los costes del terreno y la construcción. Nunca una cantidad mayor, pero siempre suficiente.

Disciplina Progresista

Ya he comentado con suficiente detalle para el objetivo de este ensayo, cómo deberíamos tratar de crecer poniendo los principios en primer lugar y teniendo siempre presente que las personas son más importantes que las cosas. Uno de los aspectos de la vida en comunidad que puede parecer más difícil de desarrollar, cuando se mantiene una actitud de comprensión, es la disciplina.

Y sin embargo en toda institución es necesaria cierta disciplina. La anarquía no conlleva libertad. No obstante, cuanto más proceda esa disciplina del interior del individuo, en vez de serle impuesta desde fuera, mejor, tanto para la organización como para el individuo y su relación con la organización.

Paramhansa Yogananda también marcó la pauta a este respecto.  En una ocasión me dijo, “Sólo me gusta la disciplina con amor. Pierdo el ánimo cuando tengo que disciplinar de otra forma”.

También daba suprema importancia a la libertad del individuo. “Sólo disciplino a quienes lo desean”, decía, “nunca a quienes no lo desean”.

Se puede pensar que a veces será necesario poner las necesidades de la organización antes que las de las personas, decir, “¡Hazlo, si no verás!”. Jamás oí que Paramhansa Yogananda hiciera esto.

En una ocasión, antes de mi llegada, se proyectó una gran inauguración para la colonia de SRF en Encinitas, California. Todos los implicados sentían gran presión para tener todo listo para la ocasión. Se había invitado al público y los medios de comunicación. El reverendo Bernard, uno de los ministros (quien me contó la historia), estaba encargado de enlucir las torres, de suma importancia. Tuvo que trabajar varias veces de noche para terminar en el plazo señalado.

Se necesitaba un empujón final. La presencia de Bernard era crucial para completar la tarea. Pero el último día no apareció. Cuando finalmente se presentó, el Maestro le preguntó, “¿Dónde estabas?”.

“Señor”, respondió el joven, “estaba meditando”.

“¡Ah!”, dijo el Maestro apaciguado instantáneamente, “¿Por qué no lo dijiste?”.

La comunión con Dios era la auténtica razón de nuestra vida allí. El Maestro jamás antepondría a la prioridad más elevada ningún proyecto, por urgente que fuera.

En Ananda, siguiendo una vez más el ejemplo del Maestro, se subraya la cooperación sobre la obediencia. Si una persona se muestra poco dispuesta a hacer algo que se le ha pedido, nuestra norma es sencillamente pedírselo a otra.

Si rehúsa hacer algo una segunda o tercera vez, probablemente no se le volverá a pedir que haga nada a menos, y hasta que, cambie de actitud. Pues si no acepta la responsabilidad de disciplinarse a sí mismo, no se ganará nada imponiéndole disciplina desde fuera.

Cuando la disciplina externa llega a través de la persuasión o la fuerza, sólo debilita a la persona al hacerla dependiente, o bien la confunde, haciéndola rebelde. La claridad mental y la fortaleza son necesarias para que la organización sea fuerte, aunque a corto plazo pueda parecer más conveniente la obediencia ciega.

También es importante ver la organización y la situación del individuo en ella en términos de energía. La energía crea un vórtice. Una vez que se crea un vórtice positivo, la energía negativa, o bien se transforma y es atraída hacia el centro, o bien es repelida y se disipa.

Existen momentos, y han existido en Ananda, en que tiene que combatirse la energía negativa. En tales casos lo mejor es afirmar la energía positiva, haciendo así que se refuerce, en vez de aportar energía al vórtice negativo mostrando ira hacia él o denunciándolo.

Participación en la Gestión

Una práctica de Ananda poco común y que siento que algún día se extenderá ampliamente, es nuestra norma de actuar a través de la participación directa en vez de por medio de puestos de responsabilidad.

A este proceso lo llamamos “Participación en la Gestión”. Ha evolucionado a lo largo de los años, por medio de la prueba y el error y no gracias a una teoría a priori sobre el asunto. No disponíamos de modelos de estudio, o al menos que supiéramos. Para mí, la “participación en la gestión” propone una importante dirección a considerar por parte de otras organizaciones a medida que avanzamos por Dwapara Yuga.

Durante mucho tiempo, antes de fundar Ananda, estudié otras organizaciones y observé sus formas de funcionamiento. Observé que, en general, un puesto elevado lleva consigo que la persona tiene que demostrar su capacidad para tomar importantes decisiones en todos los campos. Quién lo dijo se consideraba mucho más importante que qué dijo.

También asistí a reuniones en las cuales quienes menos sabían sobre un proyecto eran con frecuencia quienes más hablaban de él, como para demostrar que, también ellos, se tomaban su responsabilidad muy en serio como miembros del cuerpo decisorio.

Por supuesto estar en posiciones de liderazgo es importante. Pero cuando todas las decisiones las toman quienes ocupan puestos elevados, inevitablemente su pericia no está a la altura de la tarea de tomar decisiones acertadas. Además, los puestos elevados invitan a la ambición, a la envidia y a darse importancia.

En Ananda tenemos a algunas personas en puestos clave, pero se mantienen con frecuencia reuniones a un nivel en que toda persona con responsabilidad en un proyecto participa.

Lo importante es que en todas las parcelas del trabajo la energía sea dirigida con un único espíritu. Si no es así, nada evitará que las distintas comisiones se dispersen, tomando cada una su propia dirección y destruyendo en el proceso la coherencia que es esencial en toda obra.

Paramhansa Yogananda intentó que la gente comprendiera la gestión como participación y el liderazgo como sintonía con la fuente. Demasiadas personas, cuando las situaba en tales puestos, no comprendían con qué poderosa fuente espiritual estaban viviendo. Por eso con frecuencia intentaban hacer las cosas de acuerdo con su visión personal, sin preocuparse mucho de sintonizarse con él. Quienes habían recibido sus enseñanzas a menudo veían su papel como una oportunidad para exponer por su cuenta unas enseñanzas totalmente distintas.

En una labor de esta importancia espiritual, es necesario comprender que Dios ha enviado a la tierra un mensaje divino por medio de esta línea de grandes maestros. Cuanta mayor sea la pureza con que transmitamos ese mensaje a los demás, más seguros estaremos de llevarlo a la humanidad tal como esos maestros, inspirados por Dios, deseaban.

Ninguna obra puede prosperar con una variedad de guías espirituales. De ahí lo acertado del dicho de Emerson, “Una institución es la sombra alargada de un solo hombre”. La lógica de esta afirmación, aplicada a la obra de Paramhansa Yogananda, es aplastante: La misión que creó no prosperará a menos que él mismo, en espíritu, continúe al frente.

Él sabía que después de su muerte, sus discípulos, cada uno de los cuales podía naturalmente percibirle en un aspecto de su naturaleza polifacética pero no en todos, estarían dispuestos a llevar su obra en una multitud de direcciones distintas. Por eso dijo, “Sólo el amor puede ocupar mi lugar.” No “Mi recuerdo” o “Vuestra sintonía conmigo” o “Las reglas que he escrito”, sino algo todavía más importante, el amor como guía básica independientemente de las distintas formas de percibirle a él y a su misión.

Así pues, actualmente, cuando dos discípulos interpreten sus enseñanzas y guía de forma distinta, deben dar la prioridad máxima al amor: demostrar su amor a él y su sintonía con él, a través del amor mutuo.

¿Tienen que estar siempre de acuerdo? Por supuesto es preferible que lo estén. Pero dado que a veces las personas no consiguen ver las cosas con otros ojos, al menos deben amarse mutuamente.

¿Deben entonces dar carpetazo a sus diferencias en nombre de la armonía? Una vez más, si es posible, sí, por supuesto. Pero si sus diferencias son tan importantes que dejarlas a un lado por el bien de la armonía comprometería su propia comprensión de la verdad, ¿qué elección les queda sino estar de acuerdo en diferir? En ese caso al menos les queda el amor.

El amor es un regalo. No puede ser impuesto por una orden. No puede pedirse. Debe darse libremente o no darse en absoluto.

El Maestro demostró este espíritu en su propia vida. Y demostró cómo un espíritu de amor puede reinar soberano en una organización: gracias a la ausencia de autoafirmación; viendo a Dios en todo; no haciendo de la organización una extensión del propio ego, sino viendo a toda la humanidad como hermanos y hermanas; no juzgando a nadie; y subrayando el espíritu de servicio en vez del espíritu que se encuentra con tanta frecuencia en las organizaciones: la lucha a muerte por los puestos directivos.

En Ananda hemos conseguido, en un grado muy satisfactorio, frenar la ambición personal con el sencillo recurso de hacer resaltar la función y minimizar el puesto. Una persona puede ser relativamente nueva en Ananda y encontrarse participando en reuniones y ayudando a tomar decisiones sobre cuestiones fundamentales, si está directamente implicada en los asuntos en cuestión. Recurriendo simplemente a la participación en la gestión, es posible que hayamos eliminado el ochenta por ciento de las luchas internas y la competencia, que son tan comunes en las organizaciones.

Cuando se trata de tomar decisiones que afectan a las bases, es siempre necesario tener una dirección desde arriba. Es necesario mantener siempre un equilibrio entre las dos corrientes de energía, la que circula desde arriba hacia las bases y la que se dirige desde las bases hacia arriba. Si las decisiones se tomaran sólo a nivel de las bases, se perdería la homogeneidad. Es tan común que la gente se quede atrapada en los detalles, hasta el punto de perder contacto con el propósito más profundo de lo que está haciendo, que en Ananda hemos creado una defensa contra esta tendencia: Además del director general, que es responsable de los cómo de una decisión, tenemos un director espiritual, que es responsable de los porqué.

La tarea del director espiritual es asegurar que el espíritu de Ananda mane de la sintonía con las enseñanzas del Maestro y la guía interior y no sólo del interés personal. Ninguna decisión es sancionada a menos que se sienta que procede de la divinidad, a través del rayo especial de la gracia de Dios que es obra de nuestra línea de gurús.

La necesidad de sintonía con su obra es considerada primordial. Ananda es parte de esa obra, pero la totalidad de la obra es más extensa que Ananda, tal como definimos actualmente nuestra iglesia y nuestra comunidad. El cometido es llevar el amor a todas partes, sin limitarlo a las formas que pueda adoptar, sino concentrándose en el amor mismo y pidiendo que fluya hacia el mundo y desde el interior llene de energía a cuantos toque.

Ananda existe para servir a la gran comunidad humana sirviendo en primer lugar a sus propios miembros, después a todo el que se acerque a Ananda pidiendo ayuda, después a quienes esté en condiciones de ayudar de forma práctica y por último a todos, por quienes puede, cuanto menos, orar.

En el periodo de Dwapara Yuga, las organizaciones religiosas estarán más motivadas por el espíritu del amor de lo que estuvieron en el pasado. El énfasis, tan común en el pasado, en el poder y el control, será reemplazado por un amoroso deseo de servir a todos, de incluir a toda la humanidad en un espíritu de parentesco en Dios y de bendecir a todos con Su amor.

Swami Kriyananda (1926-2013) – Libro escrito en 1995

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