La montaña y el alma

image-43Paramhansa Yogananda dice que el sendero espiritual es arduo al comienzo, como querer atravesar un río saltando de piedra en piedra, pero con el tiempo se avanza por él sin esfuerzo. Así es también este experimento de vivir en el alma. Todavía hay que hacer esfuerzos, pero cómo va allanándose el camino. Llega a la mente un torbellino de preocupación o de juicio o de… e inmediatamente el pensamiento se endereza y se prepara para zambullirse en él; pero el alma vigila: “¡Detente! ¿Adónde vas?”, y quizá remate con “insensato”. Sí, ¿a dónde vas, insensato? ¿No ves que estás a punto de lanzarte de cabeza a la infelicidad?

¡Qué gran aliada tenemos en nuestra alma! Y cómo va nuestro experimento quitándole obstáculos de en medio. Quizá todavía el esfuerzo por superar ciertos hábitos, sobre todo de pensamiento. Pero tenemos la gran fortuna de que al alma le gusta la belleza, la expansión, la libertad. Que estará siempre a nuestro lado para conquistarlas.

Así siento al alma, a esta gran aliada, cuando miro a las montañas. Vuelvo del mar, para llegar a León desde las playas del Norte se atraviesa la Cordillera Cantábrica. Cuando hago este viaje me gusta detenerme en Caldas de Luna, ¡qué nombre tan evocador!, un poco antes de dejar la montaña. Así lo hice también la última vez. Detuve el coche, salí fuera y me quedé mirando a la montaña. Se había hecho de noche y al principio, con la luna velada por un girón de nubes, apenas la distinguía. Poco a poco la vista fue acostumbrándose a la oscuridad, una ligera brisa agradablemente fresca se llevó las nubes de un suave soplo, y a la luz de la luna la montaña se dibujó nítida contra el cielo, plateada, brillante. ¡Cómo inundó de paz el corazón!, ¡cómo abrió una gran, dulce sonrisa en el alma! E hizo surgir la gratitud. Gracias a tus altos picos por despertar el anhelo de elevación. Gracias a tus blancos picos por despertar el anhelo de pureza. Gracias a tu profundo silencio por despertar el anhelo de trascendencia.

Hoy, ya en casa, el alma se aviva de nuevo ante estas palabras de Yogananda que me hacen regresar a la montaña: “Ni las montañas de corazón duro ni los cielos sin cerebro, sino solamente las almas con la luz de su conciencia, revelan la belleza de la Naturaleza y de Dios”. ¡Así que fue el alma quien dotó de tanta dulzura y belleza a la montaña!

Desde el anhelo de vivir en el alma,

Tyagi Indrani Cerdeira
Editora de Ananda Ediciones

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