El valor de la sonrisa

Paula¿Sabéis dónde vivo? ¡En Villarrodrigo de las Regueras, un nombre riquísimo en erres!, ésa es la aldea donde vivo, al final de un valle protegido por la Cordillera Cantábrica, justo cuando el río Torío va a entrar en la ciudad de León.

Para ir en coche desde León a mi casa hay, al menos, dos posibilidades, la carretera nacional León-Santander, o una pequeña carretera comarcal con varios vericuetos. Normalmente utilizo esta carretera porque enseguida entra en el campo y permite ir y volver a la ciudad dando un paseo por la naturaleza. Ayer conducía por ella de regreso a casa. En el pueblo anterior a Villarrrodrigo, al llegar a uno de los vericuetos que remata en un cruce, vi que una anciana venía caminando por la acera hacia allí. Me daba tiempo a pasar, pero algo me dijo que la anciana se sentiría más tranquila si me detenía. Paré y esperé. Cuando la anciana llegó al borde de la acera, también ella paró y esperó, y así nos quedamos las dos, como tratando de sentirnos, unos instantes. Sólo cuando le indiqué con la mano que pasara, comenzó a cruzar. Al llegar a la altura del coche me miró, se quedó mirándome un momento, y entonces, sonrió. Una profunda sonrisa salida del corazón que hizo sonreír a mi alma animó su boca, sus ojos, todo su ser; cómo brillaba, y cómo hizo florecer mi propia sonrisa. Sentí que me pagaba con un diamante haberle ofrecido un simple plato de lentejas. Y me recordó el valor de sonreír. Si el alma tiene rostro, la sonrisa debe ser su expresión natural.

Una charla de Paramhansa Yogananda se titula Sé millonario en sonrisas, en sonrisas nacidas del corazón como la de esta anciana; porque Yogananda subraya que no está hablando de un rictus impuesto a nuestros rasgos como una máscara. Swami Kriyananda nos lo dice también: “El secreto de la felicidad es sonreír con los ojos y el corazón, no simplemente con los labios”. Cuando alguien sonríe con un sentimiento profundo de dicha, rompe todas las barreras, hace desaparecer toda separación, toda tensión, todo recelo. ¿Quién es la persona que está frente a nosotros? ¿Qué nos deparará su presencia? Una sonrisa resplandeciente de gozo circunvala la mente, se comunica directamente con el alma.

El alma anhela la unión, fundirse de nuevo en el Espíritu infinito. La grandeza del cielo, el mar, las montañas, hacen brotar fácilmente ese sentimiento de fusión en una realidad mayor. Pero, ¿y las pequeñas cosas? También la grandeza de las pequeñas cosas, la sonrisa de esta anciana, su pequeño vastísimo gesto de gratitud.

Desde el deseo de vivir en el gozo del alma,

Tyagi Indrani Cerdeira
Editora de Ananda Ediciones

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