Dios está más cerca de ti que tus propios pensamientos

La provincia de León está surcada de ríos que descienden del Norte, así que cuando se viaja en dirección Este-Oeste, se va pasando de valle en valle, cabalgando de montaña en montaña. Es un viaje ondulatorio en que cada onda descubre un panorama nuevo, una vida nueva.

Para mí tiene un gran encanto esa sucesión de lugares, y aunque he subido y bajado por ella muchas, muchas veces, este viaje se presenta siempre con un matiz de descubrimiento, qué me deparará hoy el paisaje tras la siguiente colina, tras la siguiente montaña.

En esa vena de descubrimiento empecé el viaje desde León el día 24. Dejé la estrecha cuenca del río Torío; rodeando la ciudad entré en la del Bernesga; un repecho, los últimos pastos, y el valle del Órbigo, mucho más abierto, más amplio y cubierto de maizales. Se sabe que es maíz, pero en Diciembre se presenta como una extensión de grises, restos grises de las cañas cortadas, choperas grises enmarcando los sembrados, matorrales grises, motas de escaramujo morado.

Así continué arriba y abajo de paisaje en paisaje, hasta que en el valle del río Tuerto la niebla, que venía acompañando distraídamente, se cerró. Apenas pude ver la bajada a Astorga, la subida a Manzanal, la siguiente bajada, la siguiente subida… Nos acercábamos a una de las últimas cumbres antes de mi destino cuando se produjo una variación, algunos fragmentos de azul aparecieron altos entre la niebla, y el contraste con el vapor ceniza que lo impregnaba todo era tan fuerte, que unos simples retazos azules comunicaban una dicha inmensa. Hasta entonces había disfrutado de la niebla, hoy sentía que velaba cierta esperanza, pero aun así, el azul aparecía cuajado de esa esperanza.

Y al remontar la cima que domina el que era mi valle, la esperanza cristalizó. Repentinamente la niebla se disipó y el vasto panorama del valle del Sil se desplegó inundado de sol, de verde, de azules pizarrosos, de violeta; desde la altura se dibujó circundado por el amplio semicírculo de los Montes de León, dulcemente dispuesto a acogernos.

Tras valles de niebla, la expansión. Expansión del paisaje, del corazón, del alma. Los valles estaban allí, las altas montañas los circundaban, pero no se veían, no se sentían, podría creerse que no estaban, y de pronto… “Dios está más cerca de ti que tus propios pensamientos”. Esta maravillosa certeza de Paramhansa Yogananda me inundó contemplando el valle abierto ante mí. Y me hizo pensar que en los días de niebla parece existir sólo vapor ceniciento, que nos envuelve, nos rodea, pero toda la extensión y variedad de la naturaleza siguen intocadas; en los días de niebla toda la extensión y variedad del alma siguen intocadas. Y basta con que se levante la niebla para que los valles, las montañas y el alma se derramen vastos y luminosos a nuestros pies. Contémplalos, tú puedes verlos.

Desde el alma,

Tyagi Indrani Cerdeira
Editora de Ananda Ediciones

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